El acuerdo para el establecimiento de los servicios mínimos confirma que unos y otros quieren quedar bien y no dañarse mutuamente, lo que resulta muy complicado en una huelga general convocada por los sindicatos contra la propuesta de un reforma laboral promovida por el gobierno; pero bienvenido sea el pacto por el bien de la convivencia en un momento en que es necesario guardar la calma y centrarse, TODOS, para que la recuperación económica sea una realidad en el menor plazo posible.
Lo lamentable es que la verdadera finalidad de la huelga no radica en la defensa de los derechos de los trabajadores, ya que los sindicatos lo que buscan es recuperar un prestigio perdido por su incapacidad de renovarse y mantenerse anclados en el pasado. Sería interesante preguntar a los cuatro millones de parados qué apoyo recibieron de los sindicatos durante el drama personal que cada uno de ellos padeció al perder su puesto de trabajo, y quedaríamos sorprendidos con el sentimiento de abandono que sufrieron la mayoría.
Vivimos en un país en que casi nadie dice lo que piensa, por miedo a que los suyos le den la espalda, y a quien se sienta de izquierdas no le gusta quedar mal con los sindicatos. Pero la verdad es que su papel en los últimos años se ha limitado a defender sus intereses particulares y los de los trabajadores de grandes empresas, y se han olvidado del resto, que son precisamente los que en mayor medida sufren las consecuencias del paro.
Si los sindicatos tuviesen una fuerza real y la mayoría de los españoles creyésemos que la huelga general serviría para algo debería de haberse convocado en julio, y no tres meses después, cuando ya la reforma laboral ha recibido el refrendo del parlamento y ha entrado en vigor. Pero al menos nadie puede decir que no conozca los motivos de la huelga, por lo que resultan innecesarios los piquetes «informativos» que nunca me han gustado cuando utilizan la violencia para convencer a los demás; de la misma manera que repudio que los empresarios traten de presionar a sus trabajadores para que no secunden la huelga.
Los sindicatos son imprescindibles, pero deben de renovarse, cambiar el discurso y adaptarse a los nuevos tiempos; y no parece que las palabras de sus dirigentes vayan por ese camino. Presiento que la huelga será un fracaso, pero al menos servirá para que los sindicatos reflexionen sobre cual es su papel en la sociedad actual.