Nunca he comprendido el placer que puede sentirse ante el innecesario sufrimiento de un toro. Unos le llaman «arte», otros «tradición», y todos coinciden en afirmar que la fiesta taurina forma parte de nuestras costumbres patrias. La España profunda, la que no conseguimos superar, parece estar viva, aunque sea a costa del sacrificio de unos animales indefensos, que han tenido la desgracia de nacer toros. Si es cierto aquello de que los humanos nos reencarnamos en animales «irracionales» después de la muerte, más de uno se estará ahora arrepintiendo de defender las corridas en vida.
Unas días en Arlés, la cuna del «arte taurino» en Francia, me ha servido para meditar del por qué de tanta «pasión» de los taurinos. Quizás su origen está en sus ancestros, allá por el siglo I antes de Cristo, cuando en los anfiteatros romanos los cristianos saciaban en la arena el apetito de los leones. No en vano veintiún siglos después los circos de por entonces se han convertido en ruedos taurinos.
Pero el mundo de los toros puede que tenga también otro componente que está pasando desapercibido en estos momentos: para muchos aficionados a la tauromaquia, y en especial para aquellos de costumbres más conservadoras, la sangre roja derramada por el suelo tras el sufrimiento de un animal tiene un ingrediente erótico-masoquista.
Pero no se preocupen, todo tiene solución, si les prohiben «las corridas» en las plazas de toros, aún les queda la mano derecha, o la izquierda, para sentirse bien, o menos frustrados.