Actualmente los sindicatos ya no representan a la clase trabajadora y sólo consiguen movilizar a sus liberados, aquellos que han conseguido «vivir» y mantener su status a costa de no hacer nada productivo para contribuir al crecimiento de nuestra economía. Ya resulta habitual, salvo excepciones, identificar a los representantes sindicales con los trabajadores que más han practicado el absentismo laboral y menos ganas tienen de trabajar.
Las manifestaciones convocadas por UGT y CCOO para mostrar su descontento por la propuesta del Gobierno de elevar a los 67 años la edad la jubilación ha resultado un absoluto fracaso, y no es buena solución justificar la defensa de las conquistas sociales aferrándose al inmovilismo, ya que a medio plazo puede producirse el efecto contrario al que ahora se pretende.
Con la demagogia, la frase hecha y la vulgaridad argumental no se avanza, y no hay más que escuchar a Cándido Méndez y a Ignacio Fernández Toxo para comprobar que están anclados en el pasado y son incapaces de mirar para el futuro. No dispongo de información suficiente para pronunciarme sobre si es o no conveniente aumentar la edad de jubilación, pero si como se prevé, en los próximos años la población española sufrirá un envejecimiento paulatino que hará inevitable que la población activa disminuya porcentualmente, es hora de consensuar con suficiente antelación las medidas que es preciso adoptar para afrontar tal desajuste. No hacerlo es suicida y contrario a la defensa de las conquistas sociales.
La realidad actual es que la demagogia del día a día se impone a la responsabilidad para afrontar el futuro, y entre todos, incluidos políticos, empresarios y sindicalistas, podemos ser capaces de hundir el barco hasta cotas inimaginables, convirtiendo nuestro país en un «gran hermano» de cuarenta millones de participantes.
Salir del pozo en el que nos encontramos requiere sacrificio de todos; ¿alguien se apunta a dar el primer paso?